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A veces siento que el pensamiento es un idioma de signos sin sentido en el que se mezclan pasión y racionalidad en estado crítico. En esta inconsciencia despierta algo de un solo golpe, un gesto fuerte y regulado que huye de todo el peso intelectual que se acostumbra a cargar a la obra. Es precisamente la capacidad de sugestión no regulada lo que me atrae de la abstracción. El fin último de estas formas es precisamente ocultar su significado. Lo importante no es el significado del signo, sino su opuesto, lo que de signo puede haber en una grafía, en una forma abstracta, una forma cromática.
Me emociona la existencia de estos vacíos que afloran mediante la libertad expresiva, la acción del trazo, la ejecución de una forma por el hecho de ser forma sin que los posteriores procesos de significación alcancen en el mejor de los casos a ser relevantes. La masa susurrante de la madera impresa constituye una protección deliciosa contra todo intento de interpretación.
Existe una cierta exactitud en el juego del orden y el desorden, una simultaneidad entre lo preciso y lo caótico que expresa la tensión contenida en este diálogo de gestos automáticos que no se abandona a lo azaroso. La evocación de imágenes nítidas, diseños definidos y calculados, la elaboración de un lenguaje evidencia tras la obra la existencia de un raciocinio, una voluntad consciente que analiza los elementos que intervienen, los sitúa y ordena. En la superficie del papel coexisten la geometría y el informalismo gestual como un reflejo de lo que ocurre en el interior. Estos gestos no se refieren al gesto en concreto, sino que expresan los movimientos del cuerpo, las actitudes, los estados emocionales y psíquicos. Nadia me preguntó si se sufre al crear; este no es mi caso, pero si creo necesaria una cierta ruptura interna a partir de la cual surge la obra.
Busco sin éxito la ordenación de una poesía carente de significado, ya que la obra como tal se presenta en el fragmento cortado de un tejido mayor que resulta incognoscible. Busco hacer presente lo invisible, atraer el fantasma del discurso, un bostezo que vincula el cuerpo con una escritura placentera y liberada de significados que se diluye, se difumina y desaparece.
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