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Resultan innumerables los autores que a lo largo de la historia del arte han elegido la calavera como motivo de interés central en sus trabajos. En el campo del grabado encontramos notables ejemplos en autores de la talla de Alberto Durero, Francisco Goya o José Guadalupe Posada.
En la xilografía de Durero "El Caballero, la Muerte y el Diablo", que junto a "San Jerónimo en su estudio" y "La Melancolía I" es una de las Meisterstiche (trilogía de buriles aproximadamente del mismo formato 24, 6 x 19 cm, realizados entre 1513 y 1514), aparecen varios de los elementos de las vanitas en una composición cargada de símbolos en la cual destacan, además de los tres personajes centrales que dan título a la estampa, el castillo, el reloj de arena (presente en toda la trilogía), el perro y la calavera situada sobre el tocón. La calavera en Durero se convierte en un signo de lo perecedero que adquiere trascendencia espiritual, un memento mori recurrente a través de su obra. Estas tres obras sin pretender conformar una serie componen una unidad espiritual por el hecho de simbolizar tres modos de vida que corresponden, como señaló Friedrich Lippmann, a la clasificación escolástica de las virtudes en morales, teologales e intelectuales 1. El espíritu y la fe le sirven de base para la consecución de este buril.
Al margen de la corriente interpretativa según la cual los tres personajes centrales de la estampa forman una tríada infernal en la que el caballero es portador de armas y destrucción, cual jinete del Apocalipsis cómplice a la vez que víctima de la Muerte entendemos al caballero cristiano como el prototipo de hombre pre-reformista descrito en el texto de Erasmo de Rótterdam "Manual del Soldado Cristiano" (1504). Este soldado de Cristo al que Durero asciende a caballero se sabe vencedor capaz de ignorar a la Muerte y dejar atrás al Diablo en su recto caminar hacia la fortaleza de la Virtud. Desconocemos la identidad del caballero, apenas vemos sus ojos bajo la visera móvil del yelmo, no sabemos de sus virtudes y fallos, pero reconocemos en él al hombre universal recorriendo un camino repleto de señales.
También en un contexto religioso (esta vez de crítica) se nos presenta la calavera de "Ensayos" el Capricho 60. Aparece como instrumento de oficio de un fallido ritual de vuelo brujeril acompañado de animales y en presencia del macho cabrío que presencia la iniciación de un novicio. Los Caprichos de Goya se presentaron en 1799 como una colección de estampas donde el autor se propuso la censura de los errores y vicios humanos. Las estampas de brujas y duendes se nos muestran como escenas de farsa donde se mezclan personajes reales con seres monstruosos. En el S.XVIII "duende" significa con frecuencia "fraile" 2 lo que explicaría que los duendes de Goya vistan hábitos religiosos (ver Duendecitos, Capricho 49), de hecho lo que contemplamos en "Ensayos" no es sino un Aquelarre, una misa negra constituida en parodia de la católica. Podemos realizar una inversión mimética de los elementos presentes en la representación y observaremos que lo que ocurre en el mundo de la noche no es sino el reflejo de la realidad diaria.
Recordemos que durante este siglo la inquisición en España ajustició a centenares de brujos y brujas que eran vistos como subversivos a ojos de la iglesia. Lo que se pretende es poner en ridículo dichos procesos basados en patrañas y creencias absurdas, así como a la autoridad que promovía tales procesos. La calavera deja de ser un instrumento del ritual para convertirse un recordatorio del nocivo efecto, sufrimiento y dolor que estos procesos religiosos causaron en la carne y mentalidad del pueblo.
En un sentido de crítica a las vanidades de los sectores sociales opresores y corruptos de la época se nos presenta la obra de José Guadalupe Posada, el más prolífico grabador mexicano que hizo de la calavera todo un género creativo de finales del S.XIX. Aunque la tradición de las calaveras se arraigó en México a través de las celebraciones del día de difuntos lo cierto es que en la psique mexicana la muerte, más allá de un concepto, constituye una expresión de su identidad y cultura precolombina 3. Este sentir la muerte no como algo trágico, sino como final a una vida llena de angustias (los abusos políticos, los desastres naturales, el cambio de siglo, las creencias religiosas) en el que todo se iguala es notable en los grabados de Posada. Como en "Los buenos valedores", donde la muerte que murió y se volvió calavera pelea, se emborracha, llora y baila. En tono de jocosa ironía se sirve Posada de esta muerte democratizadora para hacer un crítico análisis de la vida social de México, reflexionar sobre las relaciones poder/ciudadano y denunciar las injusticias cometidas por los regímenes que gobiernan su país.
A diferencia del enfoque de Durero, Posada no pretende hablar de la muerte en sentido religioso, sino que se sirve de ella para plantear una reflexión sobre la vida como un largo camino hacia ninguna parte, una eterna Danza Macabra como la xilografía de "Los buenos valedores" repleta de defectos, flaquezas y vicios.
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